jueves, 4 de abril de 2013

Empezar con buen pie o no, según se mire...

Me despertó el tintineo de la lluvia en la ventana a las 6.30 de la mañana...
De todas formas tenía que levantarme temprano para ir a sacar un número al médico. En la cocina no quedaba café, había olvidado comprarlo y, por más que escurrí el bote, fue inútil. Medio a ciegas me vestí y me lancé a la lluvia para comprar un espresso en la cafetería que hace esquina con la calle del centro de salud (recuerdo que me gusta el café desde pequeña, cuando con cinco años robé el primer sorbo de la taza de mi padre). "Sí... esto está mejor", pensé mientras observaba a una abuela que entraba en la panadería con su bata de andar por casa y sus babuchas, y un paraguas negro de caballero con varias varillas rotas, muy destartalado. Lo que tiene vivir en un pueblo...
Pagué el café, lié un cigarro y me fuí a sacar ese número para mi médico de cabecera. Ya había dejado de llover y encendí mi cigarrillo. En la puerta del centro de salud había ya un pequeño corro de personas que esperaban y me uní a ellos, todos mayores de 70 años. Tiré el cigarro que rodó por la acera hasta caer en un pequeño charco de la calzada mientras me preguntaba cómo podía soportar el tedio diario del pueblo. Podía y puedo, ¡Claro que puedo!. No importa haber pasado fuera años, incluso el haber vivido en una megalópolis del extranjero. Aquí están mis comienzos, aquí hay quién recuerda a mis parientes ya muertos... "¿Tú no eres la nieta de Juan?", me pregunta un señor que está reposado en la pared haciendo dibujitos con la punta del paraguas sobre una losa del suelo. "Sí...", contesto con una sonrisa partida.
 
Otra vez me he acordado de su olor a naranja, a hierbabuena, ese era mi abuelo. Dos ojitos verdes como soles lejanos de primaveras perdidas; dos ojitos verdes que siempre le lloraban no sé por qué. Él decía que eran marrones pero eran verdes, un verde muy característico, como una hoja de olivo mirada a contraluz. Verdes plateados, sí, así eran. Verdes plateados...
Me acordé de la abuela, cómo no. Me acordé de la abuela dormida en la candela con el costurero en las rodillas y la olla del puchero humeando en la cocina.
Y me acordé de muchas cosas. Y me reproché a mí  misma el hecho de haber pensado que nada me ataba a este pueblo, que también tiene su propio olor. Pinos y tierra mojada.

Volví a casa, después de sacar mi cita, como en una pompa de jabón rodando por la calle, todo teñido de un monótono color sepia nostalgia de lugares que había echado de menos sin saberlo.

Hay que alejarse kilómetros y kilómetros para que vuelvan a tí imágenes tan vividas en la niñez y que olvidaste que formaban parte de tí, como una minúscula célula bajo la piel. De repente, te rascas en un punto del brazo y esa célula queda a flote. Estaba ahí, era un trocito de ti. Todo; el olor a naranja y a hierbabuena, los pequeños ojos verdes, la abuela, el costurero... todo formaba parte de aquella célula que se había escapado del alma hasta la piel para aflorar un día y traerte tantos recuerdos. Algo tan mecánico cómo rascarse te puede dejar en un estado semiinconsciente.


Empezar el día con buen pie o no...


 
...bueno, según se mire.

martes, 2 de abril de 2013

Diente de león

Baila el diente de león en el soplo de un niño,
ahuyenta los pensamientos el aleteo de la mariposa,
el eco de la soledad apenas un rasguño en el tapiz del cielo,
respirar, pestañear, respirar... fragilidad del silencio
 
 

La sombra del árbol proyectada

A ciertas horas de la mañana el campo se despoja de sus pudores, dejando al descubierto su más bella desnudez, sólo levemente cubierta por sombras y contrastes húmedos... Todo al alcance de nuestra mano, para observadores intrépidos pero respetuosos. Hay seres que habitan aquí desde hace siglos y son celosos de su intimidad.

 
 
El crujir de las ramas bajo mis pies puso en alerta a las pencas de la verita del camino que, amenazantes, me mostraban sus armas, justo cuando los rayos del sol las encandilaban y pude escabullirme.
 
 
Una piña que se había despertado me miraba con curiosidad
 
 
y una florecilla me dio la espalda al acercarme a ella, todavía no muy segura de mi presencia allí.
 
 
Caminé varios kilómetros, mirando al suelo para buscar un reflejo en un charco olvidado,
 


pero también alzando la vista y sorprendiéndome.
 
 
Cuando la soledad es tan intensa que se puede oír descubro que no siempre su canto es triste. Le gusta recostarse en la sombra de un pino proyectada, en el corte de luces y contrastes... por ahí se cuela para lanzar sus letanías.
 

 
Caminos mil veces andados, o rodados...
 
 
 
Caminos que valen la pena recorrer descalzos bajo la luna llena de agosto buscando amores furtivos, caminos donde se abre paso la vida a toda costa...
 
 
Caminos que no te olvidan nunca y que, cuando se acostumbran a tu presencia en ellos, se dejan mirar, libres ya de todo pudor.
 


 
 
 

lunes, 1 de abril de 2013

El rojo de mi vida

 
Para pescar sueños (όνειρο)...
 

 
Para entender lo minúsculo e insignificante, pues siempre podemos aprender de las pequeñas cosas...

 
Para dar vida...

 
Para tener paciencia...

 
Para no hacer siempre lo que hacen los demás, para destacarnos, para ir contracorriente...
 
 
Para ser valientes ante la adversidad, por más triste que sea su melodía...

 
Para ser libres...

 
Para escuchar nuestro interior, para aprendernos mejor a nosotros mismos...

 
Para desenredar los misterios de la vida...
 
Lleva siempre una madeja de hilo rojo en tu bolsillo.

Charcos de Marzo



Camino mirando al suelo, descifrando el lenguaje de los charcos. Marzo ha dejado todo un diccionario de charcos dispersos por aquí y por allá, esperando a que los interpretemos. Tienen un idioma propio y sugerente.
Marzo se fue y dejó sus reflejos, esperando atrapar alguna mirada que se asome a ellos con alma desenfocada.
Me gustan los charcos, me gusta pedirle prestada la risa a un niño y saltar en ellos, que el agua salpique y me golpee la cara. Es algo que los charcos no esperan de nosotros los adultos, pero están deseando dejarse sorprender...
Luego hay charcos y charcos. Los últimos en los que me he reflejado han sido los de las estaciones de autobuses. Ahí los charcos se mezclan con intantes que permanecen de pie en un andén, mientras un autobús se aleja.
Miren a su alrededor. Aún quedan charcos que desean atrapar una mirada antes de que se desvanezcan sin haber sido decodificados.